Peripecias del clima, pesca en Lezama y la ayuda de dos Ángeles de la Guarda

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El 12 de septiembre de 2016 el reloj sonó pasadas las 5.30 a.m. Demasiado temprano para un lunes tradicional, pero la salida de pesca ameritaba el “madrugón”. ¿La cita? Villa Urquiza. Sebastián esperaba en su Volkswagen Cross Fox. Juntos y quien escribe partimos hacia la zona de Lezama, provincia de Buenos Aires. Con la emoción de una jornada al aire libre y piques que se avecinaba,  emprendimos el viaje entre mate y mate.

El día estaba nublado y, según lo que nos informaba AccuWeather, no prometía mejorar. Se anunciaban chubascos leves y aislados. Como un lunes cualquiera, no había mucho tránsito y cerca de las 9.45 llegamos a la YPF de la intersección de la ruta provincial 2 y la ruta provincial 57. Doblamos a la derecha en dirección hacia Pila. Luego de casi 20 kilómetros, a mano derecha un cartel indicaba que el pesquero de la Laguna las Barrancas quedaba a 6 kilómetros sobre el camino rural. Camino rural que, a simple vista, parecía sólido y confiable.

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* Vista satelital de la Laguna Las Barrancas (Google Maps)

Una vez en la laguna, nos recibió el cuidador. El muchacho nos cobró $50 per cápita y con pocas palabras  nos comentó que por la  veda no nos podía alquilar ningún bote. Cuando estábamos encarando hacia los maizales que bordean el espejo de agua, se acercó y dijo “anuncian agua para hoy”. Le agradecimos por recordárnoslo y seguimos en la nuestra.  Nota mental: siempre escuche a los lugareños y trate de descifrar lo que realmente quieren decir.

Desensillamos nuestras cañas, reels, líneas de pejerrey y de fondo, botas de goma, etc. y nos pusimos a pescar. Con el posacañas (sí, que algunos llaman haragán) que nos había prestado el abuelo Oscar probamos suerte con la caña de baitcasting; con las demás,  líneas de dos y tres boyas para las tan preciadas Flechas de Plata.

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El primer pique se dio en la primera caña que tiramos al agua. Fue un tirón franco, seco y pesado. El resultado fue un lindo bagre blanco de considerable porte. Sebastián me pidió que recogiera la línea y así lo hice. Para desmitificar que los pescadores somos mentirosos, nobleza obliga, ese fue el único pescado que saqué. Creo que los cuises se reían de nuestra presencia.

Durante la mañana, Sebastián sacó un bagre más, el único pejerrey de la jornada y varios dientudos. Lo que había empezado como una tenue garúa se convirtió en una llovizna sostenida y los truenos a lo lejos. Cuando “nos picó el bagre” (chiste malo de pescadores) hicimos la pausa para el almuerzo: cerveza en lata, chorizo, vacío y panes para improvisar unos sandwiches.

Tras la breve pausa, retomamos la pesca. Como la llovizna no daba tregua decidimos, con buen tino, empezar a movernos de a 10 metros cada 10 minutos hacia la entrada de la laguna. El procedimiento era riguroso: la caña que quedaba más lejos era la primera en ser movida y así sucesivamente. Así fue como Sebastián sacó un bagre y muchos, pero muchos, dientudos más.

Cansados del frío, la humedad y la poca pesca que veníamos teniendo, le pusimos fin a la jornada. Guardamos todo y emprendimos la vuelta hacia la salida. Podemos decir que recién ahí empezaría nuestra verdadera aventura.

Encaramos nuestra salida del predio y, para nuestra sorpresa, la tranquera de madera estaba cerrada con un candado inmaculado. ¿El cuidador? Brillaba por su ausencia. Tras intentar, sin éxito, abrir las puertas por la fuerza nos decidimos a intentar con lo que siempre triunfa, el ingenio. En la casilla donde nos había recibido el ahora “carcelero invisible”, Sebastián encontró una llave inglesa y una tenaza. ¡Bingo! Con las herramientas en mano, y el agua que no paraba de caer, aflojamos las tuercas. La cerradura que nos mantenía presos cayó en una pieza, sin un rasguño. La dejamos a un lado, atamos la tranquera con alambre y nos subimos al auto para salir de la laguna.

La llovizna pasó a ser lluvia y ese camino rural que había dado la impresión de ser sólido y confiable se transformó en una suerte de “pantano de gelatina”. Pese a su destreza para el volante y su experiencia en caminos de ripio de la Patagonia, esta geografía de la Pampa Húmeda le impidió a Seba y a su auto salir del camino.

El reloj marcaba las 17.30. Teníamos poca batería en nuestros celulares y había que tomar una decisión. Sol y Jazmín, mi esposa e hija por nacer, se me vinieron a la mente. No lo dudé. “Yo voy”, le dije decidido. Así, pasito a paso, emprendí la caminata de seis kilómetros sobre el barro. Pasito a paso fui descubriendo los mil distintos tonos de verde – no precisamente de la letra de Paisaje de Catamarca – sino de los campos de la región sur de la provincia de Buenos Aires. Mientras caminaba, rezaba. Entre cada Avemaría y cada Padrenuestro, gritaba algún que otro ‘auxilio’, ‘socorro’ y ‘ayuda’. No había nadie. Sólo vacas que, al mirarme y escucharme, se alejaban campo adentro.

Con la ropa humedecida y pesada, con las botas llenas de agua, logré llegar a la ruta por la que habíamos entrado horas atrás. No sabía hacia dónde era conveniente caminar. Fue entonces cuando le pedí una señal a Dios. Creer o reventar, cuando bajé la mirada vi delante mío una ermita con una virgencita. Acto seguido doblé hacia ese lugar, en dirección a Lezama. Más de 13 kilómetros me separaban de mi destino.

Caminé y caminé. Intenté parar dos vehículos pero no se detuvieron. Al tercer intento lo conseguí. Una camioneta Ford Ecosport de las nuevas se detuvo. Dubitativo por los repetidos hechos de la inseguridad, el conductor vaciló antes de abrirme. Le expliqué lo que nos había sucedido y me hizo subir. No sé cuál era mi aspecto, no sé qué habrá pensado la persona que se presentó como ‘Lorenzo’ pero, de seguro, me vio un tanto desorbitado.

“Te aconsejaría que preguntes por acá”, me dijo. Me bajé y le agradecí. Pero antes que pudiera responderme ya había acelerado y siguió su camino. El lugar donde ahora me encontraba se llamaba Paraje El Destino. Una proveeduría pegada a una casa fue el lugar donde toqué timbre. Ese fue el principio de nuestra salvación.

Una mujer y un hombre. Mabel y Aldo. Me recibieron, escucharon mi relato y me prestaron su teléfono semipúblico para llamar a la policía. Por teléfono la persona que me atendió me dijo que demoraría cerca de 20 minutos en llegar hasta el lugar donde me encontraba. Durante la espera, el matrimonio que conforman Mabel y Aldo cuidaron de mí como dos Ángeles de la Guarda: me abrieron su casa; me prestaron su baño; me dieron ropa seca, un té y, lo más importante, la contención de sus palabras.

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                             * Aldo Rodríguez y Mabel en el living de su casa (Foto: Facebook)

Cuando llegó el oficial, volví a contarle cuál era la situación: en qué lugar se nos había quedado atascado el auto y que no me podía comunicar. Tras despedirme de Mabel y Aldo partimos a bordo de su camioneta blanca. Era una noche cerrada, negra. Y la lluvia caía desesperadamente sobre la ruta. En el trayecto hasta Lezama, varias veces se comunicaron desde la central por la frecuencia policial: por lo menos tres autos habían quedado varados en situaciones similares a las que vivimos.

SEBASTIÁN, SÓLO EN EL AUTO

La lluvia no paraba y el viento azotaba las ventanas del auto. Cada tanto sentía que alguna “piedrita” golpeaba en las ventanas a causa del temporal. Diego se había ido hacía 2 horas y todavía no tenía noticias de él.

Eran las 20 y no sabía si alguien vendría a mi rescate o si habían atendido a mi llamado de auxilio. Ahí decidí bajarme del auto con la ropa mojada y empezar a caminar a la ruta. El frío era peor si me quedaba de brazos cruzados.

Cerré el auto, escondí algunas cosas debajo de los asientos y empecé a caminar a la ruta. Caminé con la fortuna que a no más de 300 metros del auto vi que mi sombra se proyectó enfrente mio. Me di vuelta y pude ver lo que parecía una 4×4 zigzagueando con fortuna por el medio del camino. “Flaco, subí y dejá el auto ahí. Hasta el viernes no lo sacás”, dijo el conductor de la camioneta.

Fue una “mini” excursión offroad en medio del barro y consejos de manejo para la próxima vez que se nos ocurriera meternos en lugares como éste,
Aislados. El consejo fue claro y conciso:“En auto y con lluvia, ni se te ocurra meterte en estos caminos”. Después de 10 minutos salimos a la ruta de asfalto y avisaron por celular que me habían rescatado del camino.

EL REENCUENTRO Y NOCHE EN LEZAMA

Una vez en el cuartel de bomberos voluntarios, personal de la municipalidad se comunicó con con la persona a cargo. Con una sonrisa en el rostro me dijo: “Están sacando a tu amigo”. En ese momento me volvió el alma al cuerpo. Media hora después, Sebastián llegó al cuartel junto con “los rescatistas” municipales. Sólo él. El auto había quedado donde se había atascado.

Eran casi las 22 y gracias a lugareños conseguimos una habitación en el hotel Los Cerezos. Allí cargamos nuestros celulares, tomamos un té y pusimos a secar la ropa. Unos minutos después decidimos comprar algo para cenar. Fue así que, después de dar vueltas por el pueblo, caímos en una estación de servicio. Allí nos presentaron a Manuel. Un joven lugareño que nos podría ayudar a sacar el auto en caso de que nos dieran la autorización.

EL RESCATE

A primera hora de la mañana salimos a recorrer Lezama, el pueblo vive más a lo largo que a lo ancho de la ruta provincial 2. En uno de los kioscos cercanos a la plaza principal compré mi pasaje hacia Buenos Aires. A Sebastián le quedaban un par de horas más en esa localidad: entrada la tarde consiguió que Manuel lo ayudará a sacar el Cross Fox y tras llenar el tanque, pudo emprender el regreso a su casa.

Un fuerte abrazo nos despidió. Tenía que volver a trabajar, previo ver a Sol y la panza. SebastIán tenía una única misión en mente: sacar el auto que pasó la noche empantanado, en medio del campo y a 20 km de toda civilización.

No fue fácil. La logística implicó hacer muchos llamados telefónicos, la mayoría infructuosos. Las autoridades municipales nos habían prohibido entrar al camino y mucho menos con un tractor. Llamé a Manuel y le conté toda la información que había recabado en esas horas.

“Llama a la patrulla rural y hablá con el jefe para que te dejen”, le aconsejó el lugareño. Hablando con el principal a cargo, Sebastián supo cómo funciona la cosa: sólo tienen cuatro  patrullas para custodiar mas de 40 mil hectáreas. La suerte nos estaba haciendo un guiño.

17.30 fue la hora acordada para ir a buscar el auto. Seba y Manuel se encontraron en la entrada del camino al campo. El panorama ya era otro: el ripio estaba seco y agua había drenado bastante. Con pisada firme, ambos entraron con el tractor. Por momentos, el barro ofreció resistencia pero pudieron llegar hasta el lugar dónde había quedado el auto sin mayores problemas. Con una soga lo sacaron para atrás y después con una marcha constante volvieron hasta la ruta 57.

“Todo está bien, Dieguito”, me dijo. Le avisé que me había comunicado con su novia y que estaba al tanto de su regreso. Con las cuatro ruedas en el asfalto, Sebastián volvió. Pero la idea de regresar a ese pesquero está intacta.

Desde temprana edad sintió una necesidad de comunicar . Llego al periodismo tras un breve paso por el traductorado público. Hizo sus primeras armas en programas de entretenimiento, experiencia que luego le sirvió para trabajar en la producción de noticias. Ama la música desde chico, llegó a ser DJ en una adolescencia tardía. Golf, pesca y catar buenos vinos ocupan el podio de una larga lista de hobbies.

Discussion1 comentario

  1. Excelente relato. Me llevaste de regreso a mi casa, me crie en ese mismo campo donde se les quedo el auto, conozco a Mabel y Aldo. Gracias por tus palabras amigo!

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